Columna de Chérif Tidiane
Sería un error creer que los dirigentes del planeta permanecen inactivos ante las catástrofes. Hablan por teléfono, se reúnen, expresan su preocupación y piden a sus colaboradores que preparen una versión en inglés. A este ritmo, al mundo quizá se le acabe el agua potable antes que las fórmulas de discurso.
Una vez más, la actualidad internacional de esta semana muestra una notable división del trabajo: las poblaciones soportan los acontecimientos; los gobiernos se encargan de comentarlos.
Ante la proximidad de la COP31 en Turquía, Amnistía Internacional pide a los dirigentes que se liberen del dominio de los combustibles fósiles. Después de más de treinta años de negociaciones climáticas, todavía hay que explicarles a los responsables de la caldera que no alcanzará con abrir una ventana.
La diplomacia climática tiene, sin embargo, una virtud: la paciencia. Donde un agricultor ve desaparecer su cosecha en una temporada, un negociador distingue varios ciclos de consultas. Cada cual tiene su calendario. El primero espera la lluvia; el segundo, que su capital dé el visto bueno a la coma.
También habría que reconocer la contribución de las conferencias internacionales a la economía circular: una vieja promesa se convierte en un nuevo compromiso, luego en una ambición revisada y reaparece al año siguiente como una prioridad. Nada se pierde, salvo el tiempo.
En Ucrania, nuevos ataques rusos dejaron sin electricidad a más de 600.000 personas en la región de Dnipropetrovsk, según las autoridades regionales citadas el domingo por Le Monde. Los hospitales y las infraestructuras críticas tuvieron que funcionar con generadores.
Ahí tenemos, al menos, una diferencia entre una central eléctrica y una declaración diplomática: se nota de inmediato cuando la primera deja de funcionar.
En Yemen, las autoridades sanitarias hutíes anunciaron 33 muertos en ataques atribuidos a Arabia Saudita cerca de Saná. Reuters aclaró que no pudo verificar de manera independiente ese balance; Riad informó de que estaba investigando.
Ante las víctimas, el sarcasmo se detiene. Regresa frente a ese lenguaje oficial capaz de transformar una guerra en una «situación», una catástrofe en un «expediente» y la impotencia en un «seguimiento atento». Las palabras están impecablemente protegidas. Ojalá pudiéramos decir lo mismo de los habitantes.
Vista desde África, esta organización del mundo resulta familiar. El continente conoce bien esas salas donde vienen a explicarle su potencial, generalmente entre dos intervenciones de personas que ya reservaron su vuelo de regreso.
En el gran teatro de las alianzas, se le pide que sea al mismo tiempo el mercado de mañana, la reserva de recursos de hoy y el guardián de las fronteras ajenas. Todo ello con una juventud emprendedora, una deuda controlada y mucha gratitud.
Nuestros propios dirigentes también saben interpretar su papel. Algunos sobresalen al reclamar una nueva gobernanza mundial, mientras consideran que su gobernanza nacional funciona perfectamente. La reforma es una excelente idea cuando empieza al otro lado de la frontera.
El ciudadano, por su parte, sigue siendo de una sencillez casi incómoda. Querría electricidad, un sueldo que llegue y un hospital donde encuentre algo más que una foto de la inauguración enmarcada en la pared. Habrá que explicarle que a esas demandas les falta visión estratégica.
Podríamos, sin embargo, proponer una innovación modesta: adjuntar, de ahora en adelante, a cada comunicado internacional una fecha de ejecución y el nombre de un responsable.
La medida tendría pocas posibilidades de ser aprobada.
Pero daría lugar a un excelente comunicado.
SG/RT/APA

