Adís Abeba se prepara para acoger, del 8 al 10 de septiembre de 2025, la segunda Cumbre Africana sobre el Clima, una cita crucial para transformar las ambiciones climáticas del continente en acciones concretas.
Dos años después de que Nairobi marcara el rumbo en la primera Cumbre Africana sobre el Clima (ACS, por sus siglas en inglés), el continente vuelve a reunirse en la capital etíope para la ACS2, bajo el ambicioso lema: «Acelerar las soluciones climáticas mundiales: financiar el desarrollo resiliente y verde de África».
Más de 45 jefes de Estado están previstos para esta edición, que promete estar «bajo el signo de la determinación, y no de la retórica».
En esta segunda edición, la gran ambición será aumentar la capacidad de energía renovable de África de 56 GW en 2022 a al menos 300 GW de aquí a 2030. Un desafío colosal para un continente que posee el 60 % del potencial solar mundial y el 39 % del potencial mundial total en energías renovables, pero que solo recibe el 2 % de las inversiones globales en este sector.
«Mientras nos reunimos para la ACS2, nuestra misión es clara: transformar esta ambición de 2023 en acción, aumentando los capitales, desbloqueando las cadenas de valor y forjando alianzas que afiancen la competitividad de África en la economía verde mundial», declaró Ali Mohamed, enviado especial para el clima del presidente keniano William Ruto.
Los retos son enormes. Según la Agencia Internacional de la Energía, África tiene el potencial de cuadruplicar el tamaño de su economía de aquí a 2040 utilizando solo un 50 % más de energía, si aprovecha sus vastos recursos en energías limpias. La transición hacia un 100 % de renovables podría generar 2,2 millones de empleos adicionales en el sector energético.
La adaptación: un imperativo de supervivencia económica frente a un déficit financiero colosal
África, que contribuye con menos del 4 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero pero sufre algunos de los impactos climáticos más graves, sigue perdiendo un 5 % de su PIB en medidas de adaptación al cambio climático. Ante esta realidad, el continente reclama una transformación radical de los mecanismos de financiación.
Los documentos preparatorios de la cumbre revelan que África necesita alrededor de 579.000 millones de dólares para financiar la adaptación entre 2020 y 2030. Sin embargo, los flujos actuales destinados a la adaptación son de cinco a diez veces inferiores a las necesidades reales expresadas.
Según Emmanuel Seck, director ejecutivo de Enda Energie, esta situación se explica por la «deficiencia» de la arquitectura institucional africana, con muy pocos países que dispongan de entidades acreditadas ante los fondos internacionales y de mecanismos nacionales operativos para captar estos financiamientos. «Esta debilidad estructural priva al continente de un acceso directo a los recursos climáticos disponibles», señala.
Aún más preocupante, Seck denuncia una práctica generalizada de doble contabilización: los fondos climáticos se integran regularmente en partidas destinadas a educación, salud o agricultura, lo que distorsiona la realidad de los compromisos y daña la transparencia. «Esta confusión contable oculta el hecho de que las promesas de financiación climática no siempre corresponden a nuevos recursos adicionales», explica el responsable de Enda Energie.
El experto aboga por una revolución conceptual cuyo objetivo sea abandonar la lógica de ayuda al desarrollo para adoptar la de inversión estratégica. «Este enfoque requiere una clarificación de los flujos financieros y una trazabilidad rigurosa de los recursos realmente asignados al clima, particularmente en vísperas de la COP30», afirma Seck.
Gobernanza climática y deuda
El desafío no se limita a los montos. Seck insiste en la necesidad de crear una «gobernanza climática de proximidad» con dispositivos descentralizados capaces de responder a las necesidades concretas de las comunidades. Propone la creación de un «Fondo climático localizado» con ventanillas regionales accesibles directamente a productores rurales, pastores y pescadores, para financiar actividades de adaptación vinculadas a las realidades locales.
La cuestión de la deuda climática concentra gran parte de las preocupaciones. Seck sostiene que es «inaceptable, desde el punto de vista de la justicia climática, que los países más vulnerables se vean obligados a endeudarse para hacer frente a una crisis que no han causado».
Adrian Chikowore, de Christian Aid Zimbabwe, coincide y afirma que «África no puede luchar contra la crisis climática mientras se hunde en las deudas. Debemos devolver el papel de las finanzas públicas, garantizando que la acción climática se financie con instrumentos justos, predecibles y que no generen endeudamiento».
Para Ameenah Gurib-Fakim, expresidenta de Mauricio, «la reforma de la deuda ya no puede disociarse de la realidad climática. Para África y el conjunto de los países del Sur, la crisis climática es una amenaza existencial, mientras que estas regiones proporcionan gratuitamente servicios ecosistémicos que sostienen la vida en todo el mundo».
«Los países dotados de sumideros naturales deben ser remunerados de forma justa, sin discriminación geográfica. África no puede seguir marginada en los mecanismos de compensación de carbono, cuando contribuye activamente al equilibrio climático mundial», fustiga Mbaye Hadj, ingeniero especialista en recursos energéticos y miembro de la ONG Legs Africa.
Críticas a la arquitectura financiera internacional
Más allá de las apelaciones a la justicia climática, Hadj estima que la verdadera batalla es el reconocimiento de los derechos africanos en los mecanismos internacionales de financiación climática. Emmanuel Seck recuerda que más del 60 % de los fondos del Fondo Verde para el Clima son gestionados por cinco grandes instituciones internacionales, a menudo ajenas a los países en desarrollo. Propone una descentralización de las capacidades de movilización, priorizando las instituciones africanas y reteniendo los costes administrativos en los países beneficiarios en lugar de en los donantes.
Hadj también aporta una dimensión geopolítica, denunciando la persistente «desconfianza» hacia los países africanos en el acceso a financiamientos climáticos, que interpreta como una «voluntad implícita de no apoyarlos plenamente». Asimismo, observa un desfase entre las promesas internacionales, repetidas desde Copenhague y reafirmadas en París y Glasgow, y su materialización real sobre el terreno.
El experto alerta además sobre un riesgo estratégico mayor: la obsolescencia de los marcos de referencia climáticos africanos. Señala que los planes de adaptación del continente siguen alineados con los objetivos de limitación a 1,5 °C o 2 °C del Acuerdo de París, cuando estos umbrales están «a punto de ser superados». Según él, esta inadecuación podría volver ineficaces las estrategias y presupuestos de adaptación actualmente en desarrollo.
Frente a esta realidad climática cambiante, Hadj recomienda una revisión completa de los escenarios de referencia, una evaluación rigurosa de los impactos esperados y la elaboración de presupuestos «realistas y ambiciosos». Considera que seguir planificando sobre la base de umbrales ya superados equivale a «construir diques frente a un mar ya desbordado».
Hacia la Declaración de Adís Abeba
Los testimonios recabados revelan la existencia de soluciones locales concretas ya aplicadas sobre el terreno que deberían ser promovidas durante la ACS2. Entre ellas, Seck cita varios ejemplos prometedores en Senegal: un proyecto de adaptación a la erosión costera en zonas vulnerables, el programa Clean Cooking en colaboración con la GIZ, que ha permitido distribuir cientos de miles de cocinas mejoradas, así como iniciativas de restauración de tierras salinizadas en el delta del Saloum.
En paralelo, Patricia Odeibea Bekoe, de la Fundación Odeibea en Ghana, insiste en la inclusión como clave del éxito del encuentro: «Espero que las decisiones vayan más allá de compromisos de alto nivel y se traduzcan en resultados concretos e inclusivos que respondan directamente a las necesidades de las comunidades africanas en primera línea de la crisis climática, de modo que mujeres y jóvenes no sean solo beneficiarios, sino socios de pleno derecho en la búsqueda de soluciones».
Thato Gabaitse, de We The World Botswana, coincide: «Esta cumbre debería demostrar que África habla con una sola voz, capaz de definir su propio programa, su acción climática y su desarrollo sostenible para todos. ¡Es nuestra oportunidad de presentar posiciones unificadas sobre financiación climática, transferencia de tecnología y vías de transición justa justo antes de las negociaciones de la COP30!».
El compromiso de los dirigentes africanos se refleja en sus declaraciones. El primer ministro etíope, Abiy Ahmed, anfitrión de la cumbre, lo afirma con contundencia: «La hora ya no es de discursos, sino de acciones audaces. No somos víctimas de una crisis que no creamos, sino arquitectos de un futuro justo, verde y resiliente. África no busca caridad, sino justicia; no busca lástima, sino asociación».
La cumbre debería culminar el 10 de septiembre con la Declaración de Adís Abeba, que «debería enviar una señal clara: la resiliencia no es solo una protección contra pérdidas, es una inversión económica inteligente que mejora las condiciones de vida y fomenta el crecimiento a largo plazo».
Como resume el experto climático sudafricano Bhekumuzi Dean Bhebhe: «La Cumbre Africana sobre el Clima en Etiopía debe ser un momento de claridad, y no de capitulación. Los dirigentes tienen la oportunidad de establecer una posición común para exigir una arquitectura financiera basada en la dignidad y la justicia distributiva».
La ACS2 se perfila así como un punto de inflexión decisivo para África en su búsqueda de una transición climática justa y equitativa, con la ambición de pasar «de las declaraciones a la acción» y de lograr el reconocimiento del continente como un actor principal de las soluciones climáticas mundiales


