Frente al terrorismo, los flujos migratorios irregulares y el narcotráfico, Argelia proyecta una imagen de actor central en la estabilidad regional. Sin embargo, detrás de esta proyección de influencia, persisten interrogantes sobre la eficacia real, el costo y la coherencia de una estrategia desplegada en múltiples frentes.
El compromiso de Argel en la lucha antiterrorista es antiguo y se apoya en la experiencia adquirida durante la década de 1990. Bajo la presidencia de Abdelmadjid Tebboune, el país reivindica un papel motor dentro de la Unión Africana, especialmente en la coordinación de iniciativas contra el extremismo violento.
Argelia alberga el Centro Africano de Estudios e Investigaciones sobre el Terrorismo y AFRIPOL, y participa activamente en el Comité de Estado Mayor Operacional Conjunto con sede en Tamanrasset. Sobre el papel, la arquitectura institucional es densa y estructurada.
No obstante, la multiplicación de marcos y mecanismos no garantiza necesariamente su impacto operativo. La región sahelo-sahariana continúa siendo inestable, marcada por golpes de Estado sucesivos, el debilitamiento de ciertas alianzas internacionales y el resurgimiento de grupos armados.
En el plano interno, los balances de las Fuerzas Armadas destacan importantes incautaciones de droga, entre ellas 26,8 toneladas de resina de cannabis y 631 kilogramos de cocaína interceptados en 2024. Estos resultados reflejan una movilización constante en las fronteras occidental y meridional.
Sin embargo, también evidencian la magnitud de los flujos que atraviesan el territorio, planteando interrogantes sobre la persistente porosidad de las fronteras y la atracción que ejercen las rutas argelinas para las redes criminales transnacionales.
Argelia invierte además en proyectos de cooperación e infraestructuras a través de la Agencia Argelina de Cooperación Internacional para la Solidaridad y el Desarrollo, dotada con mil millones de dólares. Iniciativas en Níger y Mauritania, así como la carretera transahariana y el eje de fibra óptica, ilustran una voluntad de anclaje económico regional.
No obstante, estas ambiciones exteriores contrastan con desafíos internos como la dependencia de los hidrocarburos, el desempleo juvenil y las recurrentes restricciones presupuestarias.


