Desde las primeras detonaciones hasta el mensaje a la Nación del presidente Assimi Goïta, Mali ha vivido una semana de crisis marcada por ataques simultáneos de gran escala que sacudieron al país, causaron la muerte del ministro de Defensa y reavivaron las dudas sobre su estabilidad.
Los ataques comenzaron el sábado 25 de abril hacia las 5:30 de la mañana, cuando varias ciudades —Bamako, Kati, Gao, Mopti, Sévaré y Kidal— fueron golpeadas casi al mismo tiempo por ofensivas complejas contra objetivos estratégicos y militares. El Estado Mayor informó inicialmente de la acción de «grupos armados terroristas» y llamó a la población a la calma.
Los asaltantes utilizaron vehículos suicidas, artefactos explosivos improvisados, drones kamikaze y ataques directos contra instalaciones clave, entre ellas la residencia presidencial, el Ministerio de Defensa, el aeropuerto internacional de Bamako y la base militar de Kati. La embajada de Estados Unidos emitió una alerta de seguridad desde las primeras horas.
Las acciones fueron reivindicadas por el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM), afiliado a Al Qaeda, y por el Frente de Liberación del Azawad (FLA), que afirmaron haber actuado de forma coordinada, especialmente en el norte del país.
La pérdida más significativa fue la del general Sadio Camara, ministro de Defensa, fallecido tras un atentado con vehículo explosivo contra su residencia en Kati. Figura central del aparato militar y de la transición, su muerte fue calificada como «una pérdida inmensa» por las autoridades, que decretaron duelo nacional y le rindieron honores oficiales.
El ejército maliense anunció una amplia operación de respuesta, asegurando haber neutralizado a varios centenares de combatientes y mantener la situación «bajo control». Por su parte, la fuerza rusa Africa Corps afirmó haber contribuido decisivamente a la defensa de posiciones estratégicas, mientras que Moscú habló de miles de bajas entre los atacantes, cifras que no han sido verificadas de manera independiente.
La situación en Kidal sigue siendo particularmente sensible, con un repliegue táctico de las fuerzas hacia Anefis, mientras continúan las operaciones militares. Las autoridades decretaron toque de queda en Bamako y reforzaron las medidas de seguridad en varias regiones.
El primer ministro Abdoulaye Maïga afirmó que los ataques buscaban «tomar el poder» y desmantelar las instituciones, mientras que el presidente Goïta denunció un «plan de desestabilización» apoyado por actores internos y externos, reiterando la apuesta por la soberanía nacional y llamando a la unidad frente a la desinformación.
La comunidad internacional condenó ampliamente los ataques, con reacciones de la Unión Africana, la CEDEAO y varios países de la región, mientras que Rusia reafirmó su apoyo a Mali. Las autoridades anunciaron asimismo medidas para reforzar la asistencia a las víctimas y apoyar a las familias afectadas.


