El acercamiento iniciado en 2026 entre Argelia y Mali vuelve a poner de relieve los principios del acuerdo de paz de 2015, oficialmente abandonado por Bamako, pero nunca sustituido por una solución política duradera para el norte del país.
Más de dos años después de que las autoridades malienses de transición denunciaran el Acuerdo de Argel, la reanudación del diálogo entre Argel y Bamako reaviva los interrogantes sobre el futuro del proceso de paz. Firmado en 2015 en Bamako tras negociaciones llevadas a cabo bajo mediación argelina, el texto constituyó durante mucho tiempo el principal marco político destinado a resolver los conflictos recurrentes en el norte de Mali.
El acuerdo se basaba en una descentralización reforzada, una mejor representación de las regiones septentrionales en las instituciones nacionales, la integración de antiguos combatientes en las fuerzas de defensa y un programa de desarrollo de los territorios marginados. Argelia, comprometida con la integridad territorial de Mali y opuesta a cualquier independencia del Azawad, presentaba este dispositivo como un compromiso entre las reivindicaciones de los grupos armados del Norte y el mantenimiento de la unidad del Estado maliense.
Sin embargo, su aplicación siguió siendo muy limitada. La desconfianza entre Bamako y los movimientos agrupados en el seno de la Coordinación de los Movimientos del Azawad (CMA), los retrasos en la descentralización y el fracaso de los programas de desarme fueron vaciando progresivamente el texto de su contenido. Paralelamente, la expansión de los grupos yihadistas agravó la inseguridad, sin que el proceso de Argel pudiera responder eficazmente a una amenaza que superaba el conflicto político inicial.
La llegada de los militares al poder en Bamako aceleró la ruptura. La adopción de una nueva Constitución en 2023, la retirada de la Misión de las Naciones Unidas en Mali y la recuperación de Kidal por el Ejército maliense en noviembre de ese mismo año pusieron fin al statu quo. En enero de 2024, las autoridades de transición denunciaron oficialmente el acuerdo, acusando especialmente a Argel de injerencia y a algunos de los firmantes de incumplir sus compromisos.
La ruptura abrió un período de tensiones diplomáticas, marcado por la retirada de embajadores y el cierre de los espacios aéreos. No obstante, en 2026 comenzó a perfilarse un deshielo pragmático, impuesto por los desafíos de seguridad y por la necesidad de gestionar una frontera común de más de 1.300 kilómetros. El restablecimiento de las relaciones no significa, sin embargo, que Bamako contemple regresar al marco de 2015.
Cualquier reactivación deberá tener ahora en cuenta el rechazo de Mali a una mediación exterior considerada restrictiva y la aparición de la Alianza de Estados del Sahel. Sin embargo, las cuestiones a las que el acuerdo intentaba responder —representación política, desarrollo del Norte e integración de las comunidades— siguen plenamente vigentes.
A falta de un nuevo compromiso, la influencia de Argel continúa siendo necesaria, aunque está considerablemente más cuestionada que en el pasado.
SG/RT/APA

