El Frente de Liberación Nacional (FLN) multiplica los anuncios de reestructuración y de preparación de cara a las citas electorales, pero su regreso al escenario político plantea interrogantes sobre la sinceridad de un partido asociado desde hace décadas al mantenimiento del statu quo.
Al término de su 11º congreso, el FLN designó una nueva dirección, encabezada por Abdelkrim Benmbarek, quien promete “rehabilitar al partido” y liberar “el potencial militante” de la base. El discurso oficial insiste en la reestructuración interna, presentada como una etapa decisiva para reforzar la legitimidad del partido y preparar su retorno con fuerza.
Pero detrás de estas fórmulas resulta difícil no ver la voluntad del FLN de preservar su posición como primer partido del país, rol que ocupa desde la independencia. Su alineamiento incondicional con la iniciativa de diálogo del presidente Abdelmadjid Tebboune ilustra menos un deseo de apertura democrática que una estrategia de lealtad al poder. “Movilizamos a nuestros ejecutivos y militantes para contribuir al éxito de esta decisión”, declaró Benmbarek, retomando un discurso que confunde apoyo presidencial con proyecto político autónomo.
La retórica de la “unidad nacional” y del “frente patriótico” recuerda a los eslóganes clásicos utilizados desde hace décadas para marginar a toda oposición y reducir la pluralidad política. En una Argelia donde el espacio democrático sigue siendo limitado, y donde los partidos críticos sufren presiones y marginalización mediática, el FLN espera reposicionarse como pilar del régimen, presentándose como fuerza aglutinadora frente a supuestas “amenazas regionales e internacionales”.
La puesta en primer plano de la reestructuración interna, de las comisiones de reflexión y de las oficinas regionales oculta mal la realidad: lejos de transformarse en un partido moderno y competitivo, el FLN sigue nutriéndose de su historia y de su proximidad con el poder vigente. La perspectiva de las próximas elecciones no constituye tanto una prueba de su “renovación” como la confirmación de su papel de instrumento de estabilidad para un sistema que difícilmente logra reinventarse.
Al presentarse como garante del orden político, el FLN busca dar la imagen de un partido rejuvenecido. Pero para una gran parte de la sociedad, este regreso al primer plano no hace más que recordar la permanencia de un aparato que, en lugar de representar un proyecto alternativo, perpetúa un sistema rígido y bloqueado.

