Un estudio publicado en agosto de 2026 por la Global Initiative Against Transnational Organized Crime (GI-TOC) revela que las rutas terrestres que unen Malí, Níger y Libia continúan alimentando las redes criminales, a determinados actores vinculados al Estado y a varios grupos armados, pese a los conflictos, los golpes de Estado y los cambios políticos registrados en la región.
El corredor terrestre que conecta Malí, Níger y Libia sigue siendo una de las principales rutas de tránsito de cocaína entre África Occidental y los mercados europeos, a pesar de los conflictos armados, los golpes de Estado y las transformaciones políticas ocurridas en la región, según un informe publicado en agosto por la Global Initiative Against Transnational Organized Crime (GI-TOC).
El documento subraya que, aunque la mayor parte de la cocaína destinada a Europa se transporta por vía marítima, las rutas terrestres que atraviesan el Sahel desempeñan un papel crucial en las economías de guerra y en los sistemas de protección que alimentan los conflictos regionales.
Según los autores, el tráfico de cocaína en África del Oeste ha aumentado considerablemente desde 2019, impulsado por el incremento de la producción en América Latina, la creciente demanda europea y el refuerzo de los controles sobre las rutas marítimas directas hacia Europa.
El informe señala que los actores vinculados al Estado dominan los segmentos más lucrativos del tráfico en Malí, Níger y Libia. Los grupos armados participan principalmente escoltando convoyes, asegurando las rutas y controlando territorios, mientras que organizaciones yihadistas, en particular el Estado Islámico en el Sahel (IS Sahel), obtienen ingresos indirectos mediante el cobro de impuestos a los cargamentos que atraviesan las zonas bajo su influencia.
En Malí, la ofensiva lanzada por las Fuerzas Armadas Malienses (FAMa) a partir de 2023 provocó una reconfiguración de los itinerarios. Los convoyes abandonaron varias rutas tradicionales en torno a Kidal para utilizar trayectos más largos a través de la región de Ménaka antes de entrar en Níger.
En Níger, el golpe de Estado de julio de 2023 rompió los antiguos sistemas de protección política, provocando una fuerte perturbación de las redes de tráfico de cocaína y cannabis hasta finales de 2024. No obstante, el informe estima que estas redes comenzaron a reorganizarse desde mediados de 2025, con una creciente implicación de elementos cercanos a la Unión de Nigerinos para la Vigilancia y el Patriotismo (UNVP), presentada como un nuevo actor encargado de proteger los convoyes.
En Libia, las rutas que atraviesan la región de Fezzán siguen siendo esenciales para el tránsito de cocaína hacia el Mediterráneo. A pesar de los enfrentamientos registrados en 2025 y comienzos de 2026, varias redes habrían trasladado sus bases logísticas a localidades menos vigiladas, especialmente en torno al paso de Salvador, por donde, según fuentes citadas en el informe, transitan entre 60 y 70 kilogramos de cocaína al mes.
El documento recuerda además el uso persistente de la aviación ligera en el tráfico regional. Cita el caso conocido como «Air Cocaína» de 2009, cuando un Boeing 727 procedente de América Latina aterrizó en el norte de Malí con varias toneladas de cocaína, así como la incautación de 2,6 toneladas de esta droga en Bissau en septiembre de 2024 a bordo de un avión privado que, según los investigadores, tenía como destino Bamako.
Basado en más de 150 entrevistas realizadas entre septiembre de 2025 y enero de 2026 en Malí, Níger y Libia, el informe concluye que las rutas transaharianas siguen siendo resilientes y que el tráfico de cocaína continúa financiando redes criminales, actores vinculados al Estado y grupos armados, convirtiendo al corredor Malí-Níger-Libia en un elemento estructural de la inestabilidad en el Sahel.
SG/RT/APA

