Argel multiplica las referencias al Sáhara para ocultar sus fragilidades económicas, mientras su cooperación bilateral con Mozambique sigue marcada por promesas incumplidas.
La visita oficial del presidente mozambiqueño Daniel Chapo a Argelia, los días 5 y 6 de septiembre, fue presentada como una gran reactivación de las relaciones entre Argel y Maputo. Los dos jefes de Estado elogiaron sus «vínculos históricos» nacidos de la solidaridad anticolonial y anunciaron nuevos proyectos en los sectores agrícola, energético y comercial. Pero detrás de esta puesta en escena de una cooperación Sur-Sur ejemplar, el presidente Abdelmadjid Tebboune busca sobre todo mantener una fachada diplomática activa mientras su país atraviesa una crisis económica persistente.
Argelia, cuya economía sigue siendo dependiente de los hidrocarburos, tiene dificultades para diversificar sus ingresos. Los ingresos del petróleo y del gas, sometidos a la volatilidad del mercado, ya no bastan para cubrir los crecientes déficits presupuestarios ni para frenar el desempleo estructural que golpea a una juventud sin perspectivas. En este contexto, la diplomacia argelina sigue esgrimiendo el expediente del Sáhara como palanca política e ideológica. El comunicado conjunto publicado al término de la reunión puso a este territorio en el mismo nivel que Palestina o la antigua Rodesia del Sur, confirmando el uso recurrente de este asunto como herramienta diplomática.
Esta estrategia busca atraer a ciertos Estados africanos a una causa presentada como «sagrada», al tiempo que intenta contrarrestar la creciente influencia de Marruecos, firmemente implantado en las cadenas de valor continentales gracias a una diplomacia económica activa. El contraste es evidente: mientras Rabat invierte en energías renovables, corredores logísticos e infraestructuras, Argel se repliega en una diplomacia memorial que recuerda la edad de oro del tercermundismo, pero que difícilmente produce resultados concretos.
El anunciado lanzamiento de un Consejo de Negocios mixto argelino-mozambiqueño, previsto desde 2021, ilustra este desfase entre discurso y acción. Varios acuerdos bilaterales firmados en los últimos años –en agricultura, energía o servicios consulares– nunca han pasado de la etapa declarativa, por falta de un sector privado argelino suficientemente dinámico y de una estrategia económica clara.
Al reactivar sus alianzas africanas, Argel intenta preservar un papel diplomático central en el continente. Pero la repetición de referencias al Sáhara subraya sobre todo la incapacidad del poder para proponer una visión económica sostenible. Más que un proyecto estructurante, la diplomacia argelina se asemeja a una puesta en escena ideológica destinada a ocultar las urgencias internas.


