Mientras Marruecos celebra el 26º aniversario de la entronización de Mohammed VI, la Fiesta del Trono se consolida como uno de los rituales políticos más significativos y estratégicos de la diplomacia marroquí, firmemente orientada hacia África.
Más que una conmemoración monárquica, la Fiesta del Trono cristaliza una visión ambiciosa del Reino como potencia africana emergente, proyectando sobre el continente un modelo de influencia basado en la inversión, la estabilidad y la interconexión Sur-Sur. Desde el retorno de Marruecos a la Unión Africana desde casi una década, la apuesta real por el anclaje continental se ha vuelto más clara, más asumida, pero también más expuesta a las recomposiciones geopolíticas regionales.
La reintegración de Marruecos a la Unión Africana, ratificada en Adís Abeba en enero de 2017 tras 33 años de ausencia, constituyó el acto fundador de un supuesto reposicionamiento diplomático. Este retorno al continente no fue un gesto formal, sino un cambio estructural realizado al más alto nivel. Ya en 2016, en un famoso mensaje en la 27ª cumbre de la Unión Africana en Kigali, Mohammed VI declaró: “Marruecos es africano y seguirá siendo africano”.
Esta profesión de fe pretendía ser a la vez conmemorativa y prospectiva, anunciando una nueva era marcada por un compromiso sostenido con las instituciones panafricanas, los proyectos regionales y las asociaciones bilaterales estratégicas.
Desde entonces, la diplomacia real ha multiplicado las señales de arraigo africano: se han realizado más de veinte visitas oficiales a África subsahariana, y cada viaje del soberano ha dado lugar a la firma de acuerdos que cubren un amplio abanico, desde el sector bancario a la agricultura, desde la seguridad a las energías renovables. Esta movilidad diplomática refleja una voluntad de presencia constante, en un continente donde la influencia se mide también por la consistencia de las relaciones personales entre jefes de Estado.
Diplomacia a través de la acción: inversión, conectividad, codesarrollo
La singularidad del enfoque marroquí reside en la estrecha articulación entre la ambición diplomática y el despliegue económico. Según cifras consolidadas del primer semestre de 2025, más del 70% de la inversión extranjera directa (IED) marroquí se dirige hacia África, con un total acumulado que supera los 5.000 millones de dólares en la última década. Marruecos se posiciona ahora como el segundo mayor inversor africano en el continente, detrás de Sudáfrica.
Esta estrategia se basa en una serie de instrumentos económicos: Casablanca Finance City, que hoy alberga más de 240 empresas internacionales con vocación panafricana; Filiales bancarias marroquíes (Attijariwafa Bank, BOA, Banque Populaire) presentes en más de 20 países africanos; o OCP África, cuya planta de amoníaco en Nigeria produce más de un millón de toneladas al año. Con estos vectores, el Reino estructura cadenas de valor integradas, estabiliza asociaciones y alimenta una diplomacia de lo concreto, contrariamente a la lógica puramente discursiva.
Esta diplomacia de proyectos se concreta a través de proyectos emblemáticos. El gasoducto Nigeria-Marruecos, de 6.800 kilómetros de longitud y que atraviesa once países, encarna tanto una promesa energética como una proyección diplomática. Estimado en 25.000 millones de dólares, simboliza una ambición estratégica de conectividad Sur-Sur, en función de las necesidades del continente y la demanda europea. Del mismo modo, la terminal GNL de Nador West Med, la zona industrial de Dajla o los cables eléctricos entre el Sáhara y el norte del Reino reflejan una visión basada en la circulación de recursos, bienes y datos.
La Iniciativa Atlántica: un corredor estratégico y espacio integrado
Lanzada en 2023, la Iniciativa Atlántica completa este panorama al reconfigurar la costa de África occidental como un espacio integrado de intercambios, movilidad y seguridad. La ciudad de Dajla, con su puerto de aguas profundas y su zona franca, es su centro. El proyecto reúne ahora a varios países del Sahel (Burkina Faso, Mali, Níger) que se separaron de la CEDEAO, así como a Ghana, Sierra Leona y Guinea-Bissau. Se trata de transformar la geografía del continente aflojando el dominio continental mediante el acceso al Atlántico, consolidando al mismo tiempo el papel de Marruecos como plataforma logística entre África, Europa y las Américas.
Sin embargo, este proyecto, acogido con satisfacción en los círculos panafricanos, también suscita tensiones. Es lamentable que Argelia vea en ello un intento de someter a África Occidental a la órbita marroquí y proponga su propio proyecto de gasoducto transahariano. Además, algunos deploran la fragilidad de la financiación o la ausencia de un mecanismo multilateral estructurante. Esto podría generar riesgos de estancamiento de la seguridad en el Sahel. En última instancia, estos elementos pueden constituir obstáculos potenciales. Por tanto, el éxito de la Iniciativa Atlántica dependerá de su capacidad de ofrecer una gobernanza inclusiva, una financiación estable y beneficios concretos para las poblaciones locales.
Sahara: integración regional a través del desarrollo
En el corazón de la diplomacia marroquí en el África subsahariana, la cuestión del Sáhara ya no se reduce a una simple conflicto territorial. Está camino de convertirse en una palanca de integración regional y una garantía de credibilidad. Entre 2019 y 2025, se inauguraron oficialmente no menos de 27 consulados africanos en Laayún y Dajla. Esto demuestra claramente un mayor apoyo diplomático al plan de autonomía marroquí.
El Sáhara también está en el centro de las inversiones: allí proliferan puertos, zonas industriales e infraestructuras logísticas, vinculadas a corredores energéticos y proyectos de conectividad regional. Al mismo tiempo, Rabat ha reforzado su papel en la seguridad regional a través de la Plataforma de Marrakech contra el Terrorismo (30 países miembros), programas de entrenamiento militar e intercambios de inteligencia con los países del Sahel. Marruecos se ha consolidado así como un eje de seguridad creíble entre el Magreb, África Occidental y Europa.
Deporte y espiritualidad: dos pilares de un supuesto poder blando
El Reino no es sólo cuestión de economía y seguridad. Al albergar la Copa Africana de Naciones en 2025 y coorganizar la Copa Mundial de 2030, está desplegando una diplomacia de imagen basada en la logística, la hospitalidad y la capacidad organizativa. El Gran Estadio de Casablanca, futuro complejo con capacidad para 115.000 espectadores, cristaliza esta ambición. Estos acontecimientos se convierten en escaparates de modernidad, pero también en palancas de empleo y de planificación territorial.
Más discreta pero igualmente influyente, la diplomacia religiosa y educativa constituye otro eje fuerte. Cada año, 12.000 estudiantes africanos se forman en Marruecos, lo que constituye aproximadamente el 83% de los estudiantes extranjeros en el país. La Fundación Mohammed VI de Ulemas Africanos reúne a 1.200 eruditos de 40 países, promueve el Islam moderado y forma imanes en Fez y Rabat. Esta obra fundamental otorga a Marruecos una autoridad espiritual reconocida, particularmente en África Occidental, donde el Islam malikí sigue siendo mayoritario. Se trata de un poder blando sostenible, basado en la confianza, el conocimiento y la cultura.
Una potencia africana en una encrucijada
A la hora de hacer balance, la diplomacia africana de Marruecos muestra resultados tangibles: inversiones duplicadas, apoyo político ampliado en el Sáhara y una presencia institucional consolidada. Pero aún persisten desafíos: avances aún limitados en las zonas de habla inglesa y portuguesa, dependencia de donantes bilaterales para proyectos importantes y crecientes incertidumbres en el Sahel.
El reto para los próximos cinco años es por tanto la consolidación. El objetivo será transformar el proceso: dar vida a los proyectos, garantizar su impacto local, ampliar el espectro geográfico de influencia marroquí y consolidar el Reino como actor estructurante de la arquitectura continental. El éxito del gasoducto Nigeria-Marruecos, la activación efectiva de la Iniciativa Atlántica y el legado deportivo posterior a 2030 constituirán pruebas de credibilidad.
La Fiesta del Trono de 2025 cristaliza así una década de compromiso africano y proyecta una visión de Marruecos ya no periférico sino central en la dinámica continental. En un momento en que África se está convirtiendo en un importante teatro de recomposiciones geopolíticas, el Reino pretende formar parte de él no como un seguidor, sino como un arquitecto activo de un futuro africano compartido.

